El asqueroso negocio de la muerte


Morirse es, en la mayoría de las partes del mundo, la última forma de contribuir al voraz consumismo que nos invade.

No son pocos los que viven a costa del dolor y las creencias religiosas vinculadas a la muerte.

Perder a un ser querido es un momento de vulnerabilidad y es ésta vulnerabilidad de la que viven funerarias, aseguradoras, floristas, embalsamadores y demás necrófagos implicados en alimentar el ritual del entierro.

Más vale tener un buen dinero ahorrado o seguro de fallecimiento y pagar religiosamente las cuotas, si no se quiere arruinar la vida de los que se quedan, ya que bajo la aprendida cultura del miedo, impuesta por la religión, hay que enterrar a los muertos. Cueste lo que cueste.

Hasta la fecha nadie ha demostrado que existe algo más allá de la vida, en cambio lo que sí está demostrado es que los órganos sanos de un fallecido pueden salvar la vida de una persona enferma, del mismo modo que está demostrado que por muy bueno y caro que sea un ataúd, no ofrece mayor comodidad al muerto.

En cuanto a embalsamar a los muertos y exponerlos en un morboso velatorio, es insultantemente cruel para las familias. Llorar a un pedazo de carne inerte caricaturizado de alguien que ya no existe, no nos aleja mucho de las civilizaciones antiguas y por lo tanto menos evolucionadas.

Esquelas, flores, misas y el preciado trozo de terreno en el que yacer para que otros tengan un sitio en el que llorar la pena, es el patético desenlace de la vida. Cuando nadie en su sano juicio y libre de las ataduras culturales jamás querría que sus seres queridos fueran a llorarle a ningún sitio, sino que desearía que superaran el dolor lo antes posible y continuaran siendo todo lo felices que la vida les permitiera. En cambio, se siguen llenado cementerios de flores que no alegran a nadie más que a las floristerías.

No obstante, no se trata de acabar con la inhumación, pues gracias a esto se conoce gran parte de nuestra historia, pero sería interesante actualizar el concepto eliminando el factor carroñero por parte de las empresas y facilitando otras opciones, en las que se acabará de una vez con el juego de las emociones de los vivos, con el único fin de obtener beneficios económicos.

Mientras eso llega, donar el cuerpo a la ciencia es, además de un noble acto, una buena forma de evitar sufrimiento y ahorrar dinero.

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